Llegas a una sola frase que alguien escribió hace días, meses o años. Puedes guardarla — un favorito silencioso — o pedir otra. Al irte, añades una frase para quien venga después.
Las etiquetas de antigüedad importan: «dejada hace 400 días» forma parte de la emoción. El experimento es mínimo a propósito — sin hilos, sin respuestas, solo presencia a través del tiempo.
Los favoritos muestran frases que los extraños no quisieron soltar. Compartir envía a alguien una línea concreta, no tu identidad.
No es un libro de visitas con nombres. Es una cápsula que pasas adelante sin saber quién la abre.